Vivimos en una época de enorme indiferencia acerca de la necesidad de establecer -o mejor dicho, restablecer- una relación personal con nuestro Creador y conocer sus propósitos para con nosotros. Mucha gente ni siquiera cree en la existencia de un Dios personal. Pero, como dice nuestro autor: "partimos de la base de que, si Dios verdaderamente existe, no puede haber nada en este mundo de mayor importancia para nosotros que el conocimiento de él".
Es verdad que hay lo que parece ser una nueva espiritualidad en nuestra sociedad, pero en su mayoría se satisface con esa mezcla sincretista de religiones orientales y gnosticismo occidental, o bien -por otro lado- se piensa que todas las religiones llegan a la misma meta.
¿Son ciertas estas perspectivas? ¿O se puede explicar
que la única manera de conocer a Dios es a través de su propia
revelación y de la fe puesta en la persona, la obra, la muerte en la
cruz y la resurrección de su único Hijo, Jesucristo, así como por la
acción transformadora llevada a cabo por el Espíritu Santo?
Decir que conozco a Dios sería pecar de la más torpe ingenuidad o de la más arrogante presunción. Pero decir que no le conozco sería negar la autenticidad de su revelación de sí mismo; sería, en fin, negar su obra de gracia en mi vida.
