“¿Hay
derecho a que me nieguen el trabajo y la estancia por ser extranjera? -
protestaba una enfermera de Buenos Aires que agotaba sus últimos días
de estancia legal en España - ¿Se han olvidado los españoles de cómo se
les trató a ellos en Argentina? ¡Cuántos allí salieron de pobres y
cuántos se hicieron de oro! Y ahora nos cierran las puertas cuando han
cambiado las tornas”.
Llevaba razón aquella enfermera. Muy fácilmente olvida que fue pobre el
que ahora se ve rico. ¡Y qué orgullo se apodera del que ha subido
peldaños en la escala social! Parece que pudiera mirar por encima del
hombro a los que están debajo, con todo el derecho del mundo. Y, si
además son extranjeros, razón de más… ¿No nos pasa algo de esto a los
españoles con los emigrantes que nos llegan de Ecuador, Bolivia,
Senegal, Argelia, Marruecos o Rumanía?
Muchas veces en la historia los prejuicios raciales y la arrogancia
nacional han tenido resultados trágicos, como la esclavitud, el
destierro, la guerra, el genocidio… Y nuestro país no ha sido
precisamente un buen ejemplo a la humanidad de tolerancia y
entendimiento. Basta recordar el trato que recibieron en siglos pasados
musulmanes, judíos y protestantes aquí, y los indios en la América
española.
Gracias a Dios, en España han cambiado muchas cosas. Sin embargo, esa
soberbia nacional, o racial, o religiosa, o social que nos hace mirar
con desprecio al que es distinto o menos afortunado, nos brota por
menos de nada. Y eso ocurre ahora que una avalancha de inmigrantes
busca refugio dentro de nuestras fronteras. Con notables excepciones,
se les trata como a ciudadanos de segunda, a menudo se les contrata en
precarias condiciones y se les expulsa del país si no legalizan su
situación. Y a los que se quedan, se les mira, si no con desprecio, sí
con poca simpatía. ¿O acaso no pasa eso? Pues eso pasa en un país donde
la mayoría de la población se llama cristiana y bautiza a sus hijos y
entierra a sus difuntos por un rito también llamado cristiano. Sin
embargo, ¿no fue el Maestro de los cristianos el que enseñó aquello de:
“Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y
sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y
no me disteis de beber; fui forastero, y no me acogisteis; estuve
desnudo, y no me cubristeis; enfermo y en la cárcel, y no me
visitasteis. (…) De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno
de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.”? 1
Recoger al forastero es una de las señas que identifican a un verdadero
cristiano. Porque delante de Dios nadie es más que nadie; y entre los
seguidores de Cristo, no puede haber distinciones por nacimiento, raza,
nacionalidad, lengua, posición social o cultura. Entonces, ¿qué
proponemos? ¿Hacer un esfuerzo por tratar bien a los emigrantes, y así
ser buenos cristianos? No. Es más bien al revés: Hazte un seguidor
auténtico de Jesucristo, y te saldrá del corazón tratar bien al
extranjero antes que mirarle con desprecio. ¿Por qué?
Porque uno se hace cristiano cuando, delante de Dios, ve su condición
egoísta y orgullosa, considera sus múltiples fracasos, se ve pecador e
indigno de la amistad de Dios, y acude a él pidiéndole perdón y
rogándole clemencia... Como un extranjero que pide asilo. Cuando uno
hace eso, encuentra que Dios le oye y le recibe. Que, habiendo pagado
Cristo por todos sus pecados en una cruz, puede perdonarle del todo y
darle la dignidad de un hijo de Dios y de un ciudadano de su Reino. Y
cuando uno se ve recibido de esa manera, no puede por menos que acoger
a los demás como él mismo fue acogido. Así que el apóstol Pablo mandó a
los cristianos: “Recibíos unos a otros, como también Cristo nos
recibió”. 2
Ahora bien, el que nunca se ha visto así de indigno delante de Dios, el
que se considera una persona bastante buena, el que no ha pedido asilo
en el Reino de Dios, no ha experimentado de veras su misericordia. Y en
ese caso, será más fácil que brote de él el desprecio y la soberbia que
el respeto y el amor.
1. Evangelio según Mateo 25:41-45.
2. Epístola de Pablo a los Romanos 15:7