Creer o no creer, ésa es la cuestión
Este folleto que llega a tus manos no se ha escrito con espíritu polémico. Ha nacido de un sentimiento de simpatía profunda hacia todas aquellas personas que, preocupadas sinceramente por las cuestiones religiosas, se debaten en un mar de confusión y de dudas en busca de la verdad sin llegar a ninguna conclusión definitiva.
La agonía de la fe
La mayoría de esas personas -y son muchas- tropiezan
con serias dificultades para aceptar o retener una fe más o menos
tradicional. El análisis racional de determinados dogmas, las
inconsistencias manifestadas en la vida de muchos llamados cristianos
y, sobre todo, las olas de positivismo y materialismo que invaden el
pensamiento actual inclinan hacia el ateísmo. Pero la negación de la
existencia de Dios y de los grandes fundamentos sobrenaturales del
cristianismo tampoco resulta fácil para quien piensa sin prejuicios.
Las maravillas sobrecogedoras del universo, la complejidad de nuestro
propio ser, las profundidades insondables de nuestra personalidad, las
glorias y miserias de la historia humana, todo resulta demasiado
misterioso para declarar casi ex cathedra que no existe Dios y que toda fe religiosa es un mero fenómeno psicológico, residuo de épocas pasadas destinado a desaparecer.
Contra la interpretación simplista de cuestiones tan complejas como
importantes, se alzan fuertes voces -no sólo sentimentales, sino
racionales- en el interior más matizada de la que no puede excluirse
olímpicamente la interpretación cristiana de Dios, del hombre y del
universo. Como James Orr ha sugerido:
«suprimid a Dios en el
mundo y todo viene a ser un misterio insoluble, la historia una escena
de ilusiones destrozadas, la creencia en el progreso una superstición y
la vida en general...
"...un cuento narrado por un idiota, lleno de sonido y pasión fiera, pero sin ningún significado."
(Macbeth, Acto V, escena 5)»
Esas voces chocan contra las del escepticismo ateo en duelo angustioso.
Soluciones que nada resuelven
El duelo queda a menudo sin decidir y de la
indecisión nace el agnosticismo, la renuncia a la plena convicción, la
aceptación resignada del enigma indescifrable. En el extremo de esta
incertidumbre oímos afirmaciones tan pesimistas como la de Camus: «El
absurdo es nuestra única certeza».
Pero el hombre no puede ni debe contentarse con permanecer
indefinidamente en esa posición. Fatigado en el conflicto, no debe
dejarse adormecer en la indiferencia sumergiéndose por completo en lo
temporal y perdiendo toda preocupación por lo trascendente, lo
espiritual, lo divino, lo eterno. Si presta oídos a las voces más
nobles que aguijonean su espíritu, no puede descartar las grandes
cuestiones religiosas, con un despectivo je m’en fiche
(¡A mí, qué!), tan impropio de hombres serios. La declaración de André
Malraux de que «el problema capital del fin del siglo será el problema
religioso» es digna de reflexión. Nosotros añadiríamos que ese problema
que el escritor francés intuía como característica del «fin del siglo»
debe inquietar a los hombres de todos los tiempos.
Tampoco podemos conformarnos con una postura intermedia entre la fe y
la incredulidad. No pocos opinan que esto es quizá lo más prudente,
quedarse donde uno está, sin excesivo desasosiego, siguiendo la
corriente en que el destino -como dirían los paganos- nos ha situado;
sin mayores aspiraciones a un más claro conocimiento de la verdad. Ni
ateos militantes, ni piadosos cristianos. Al fin y al cabo, ¿no resulta
insoluble el problema de la fe? ¿En quién o qué creer? ¿Por qué creer?
¿Qué garantías o pruebas podemos conseguir para llegar a una plena
certidumbre de fe?
La respuesta a estas preguntas y otras análogas no podemos encontrarla
en la Filosofía. Las especulaciones humanas sobre la problemática
religiosa constituyen un verdadero laberinto del que muchos pretenden
salir haciéndose su propia religión, creyendo a su manera. Este intento
de salida es a todas luces insatisfactorio, por no decir peligroso.
Usando otra ilustración, ¿qué pensaríamos del enfermo que ante
opiniones contradictorias de diversos médicos decidiera tratar de
curarse haciendo su propio diagnóstico y dictando sus propias recetas?
Esta fatal posibilidad nos hace pensar en una patética interrogación
formulada por el profeta Jeremías en un momento de grave crisis
espiritual de su nación: «Quebrantado estoy por el quebrantamiento de
la hija de mi pueblo; entenebrecido estoy, espanto me ha arrebatado.
¿No hay bálsamo en Galaad? ¿No hay allí médico?» (Jer. 8:21-22).
Al llegar a este punto ya no podemos extendernos en más consideraciones
acerca del problema espiritual del mundo sin señalar la solución. Sí,
«¡hay bálsamo en Galaad!» Hay médico y medicina para sanar a las almas
atormentadas por las inquietudes espirituales que todo hombre serio
suele sentir.
Dios ha hablado
Esta es la afirmación categórica que hallamos en la
introducción a uno de los libros de la Biblia: «Dios, habiendo hablado
muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los
profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien
constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo» (He. 1:1-2).
Aquí está la clave de la solución al problema religioso. Dios se ha
revelado a los hombres y su revelación ha culminado en Cristo. Nadie se
ha atrevido a negar seriamente la existencia histórica de Jesús. La
teoría de que Jesucristo fue un mito, una figura legendaria, ha sido
repudiada aún dentro del ateísmo en sus reacciones más recientes. A.
Kazhdan, historiador ruso contemporáneo de gran talla, declara: «Hoy
somos mucho más cautos en la evaluación de los orígenes de la religión.
Ya no podemos seguir aceptando seriamente por más tiempo la teoría del
fraude… Si el cristianismo no cayó del cielo (y un buen historiador
ateo no se ve obligado a rechazar tal idea), ha de haber tenido un
fundador. Este reformador religioso bien pudo haber sido llamado por
sus discípulos Mesías, el Cristo.»
Las dudas, generalmente, no han girado nunca en torno a la historicidad
de Jesús, sino en torno a la naturaleza de su persona y de su obra.
Esto ha sido así desde el principio. «¿Quién dicen las gentes que es el
Hijo del Hombre?», preguntó un día Jesús mismo a sus discípulos (Mt. 16:13).
Ya entonces las respuestas eran muy diversas, aunque la única válida,
según los evangelios, fue la del apóstol Pedro: «Tú eres el Cristo, el
Hijo del Dios viviente».
Para aquellos que conocieron a Jesús, el alcance de esta declaración
era enorme. Significaba que el Maestro surgido de Galilea era no sólo
el Mesías de los judíos, sino mucho más. Era la Palabra reveladora de
Dios encarnada. «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios,
y el Verbo era Dios. Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre
nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre),
lleno de gracia y de verdad. A Dios nadie le vio jamás; el unigénito
Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Jn. 1:14 y Jn. 1:18).
Sus enseñanzas orales, sus obras, su ejemplo y, sobre todo, su muerte,
seguida de su resurrección, constituirían la esencia más pura de la
revelación de Dios a un mundo espiritualmente entenebrecido.
Quizás alguien pensará que la aceptación de Jesucristo como personaje
histórico no obliga a creer todo lo que los evangelios nos dicen de él.
Pero entonces ¿en qué Cristo creeremos? Fuera de las fuentes bíblicas
de información -no hay otras- ¿cómo sabremos lo que dijo e hizo Jesús?
Así, antes de exponer sucintamente el contenido de la revelación de
Dios en Cristo, trataremos brevemente de otra cuestión importante.
¿Son los escritos del Nuevo Testamento dignos de confianza?
No nos permite lo limitado de este folleto
extendernos en consideraciones críticas sobre los escritos apostólicos
o sus problemas textuales. Baste decir que los eruditos más capaces e
imparciales reconocen que los libros del Nuevo Testamento son obra de
los apóstoles o de algunos de sus más íntimos colaboradores. La mayoría
de estos escritores fueron testigos oculares de cuanto se refiere en
los evangelios. Así lo subraya el apóstol Juan en su primera epístola:
«Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto
con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos
tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos
visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba
con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os
anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y
nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo
Jesucristo» (1 Jn. 1:1-3).
Alguno de ellos, concretamente Lucas, que no convivió con Cristo
durante su ministerio público, da muestras inconfundibles de que su
evangelio es fruto de una investigación concienzuda: «Puesto que ya
muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre
nosotros han sido certísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde
el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra,
me ha parecido también a mí, después de haber investigado con
diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh
excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en
las cuales has sido instruido» (Lc. 1:1-4).
En cuanto a la interpretación de las palabras y los hechos de Cristo,
tal como la hallamos en las epístolas, no tenemos sino una ampliación y
una aplicación -guiadas por el Espíritu Santo, conforme a la promesa de
Jesús (Jn. 14:26 y Jn. 16:13)-
de lo que él mismo había enseñado. Es puro prejuicio suponer que los
apóstoles formularon una teología propia distanciada y distinta del
Evangelio de Jesús. Quien lea sin ideas preconcebidas el Nuevo
Testamento llegará fácilmente a la conclusión de que unos hombres que
al escribir se presentan como proclamadores de las enseñanzas de
Cristo, que exhortan constantemente a la honradez, a la integridad y a
la fidelidad, que sufren lo inenarrable, y en algunos casos dan su
vida, en defensa de su testimonio de Cristo, no pueden expresar sino la
verdad gloriosa que en Cristo han conocido, sin desviaciones o
adulteraciones de ningún género.
Si los escritores del Nuevo Testamento -y de la Biblia entera-
constituyen, pues, el depósito de la revelación de Dios en Cristo, toda
persona con ansias de verdad debiera leer sus páginas humildemente, con
sinceridad y con oración, aunque fuera la oración del escéptico: «Dios,
si de veras existes, revélate a mi alma». Probablemente no tardará en
comprender y creer.
El mensaje de la revelación de Dios
La Biblia no es lo que algunos quisieran que fuese,
algo así como una enciclopedia universal. Las Sagradas Escrituras no se
nos han dado como libro de texto para aprender Astronomía,
Antropología, Geología, Historia, Filosofía ni siquiera Moral en su
sentido escueto. Aunque correctamente interpretada la Biblia no entra
en colisión con la Ciencia en ninguno de los campos de ésta, la
sustancia del mensaje bíblico es la revelación de Dios como Creador y
Salvador.
Dios hizo al hombre -al verdadero hombre- a su imagen y semejanza. Este
ser fue dotado de inteligencia, de facultades morales y espirituales,
de una capacidad especial para que viviera en feliz comunión con su
Creador, pero también de una libertad, inherente a su naturaleza moral,
que, a pesar de toda su perfección, implicaba la posibilidad de malas
elecciones.
El hombre hizo mal uso de su libertad. Cayó en la rebeldía. La codicia
y la soberbia le perdieron. «Seréis como dioses», susurró la voz
diabólica; y se lo creyó. La codicia egoísta y la soberbia lo siguen
perdiendo. El hombre, a medida que progresa en sus logros científicos,
más se complace en su «endiosamiento». Por eso prescinde no sólo de la
autoridad divina, sino que se despreocupa de toda idea de Dios y hasta
se mofa de él imbuido de un humanismo irreverente. Por el mero hecho de
que su inteligencia le ha llevado a descubrir algunos secretos
maravillosos del universo, piensa que ya ha alcanzado el trono de Dios
y puede sentarse en él. «Estás herido, Dios», vociferó el poeta inglés
Swinburne,
Y el amoroso cántico de la tierra,
a la par que tú mueres,
resuena entre las alas del viento:
¡Gloria al hombre en las alturas!
Porque el hombre es el señor de todo».
Cualquier optimista creería que nos hallamos a las
puertas de un nuevo paraíso, a punto de que se inaugure la feliz Utopía
tan ingenuamente imaginada y descrita por Tomás Moro. Pero ¿responde la
realidad de nuestro mundo a esas ilusiones?
Es innegable que aumenta constantemente el nivel de vida, la «renta por
cápita», el bienestar material, pero ¿no aumenta en igual o mayor
proporción la despersonalización del hombre en el enorme complejo de
las actuales estructuras económico-sociales? ¿No se multiplican la
delincuencia y la inmoralidad? ¿No se eleva la proporción de divorcios
y suicidios? ¿No crece de manera impresionante el número de enfermos
mentales? ¿No son cientos de millones las personas que se sienten
frustradas, abatidas, víctimas del infortunio, del desamor, inmersas en
la más angustiosa soledad? Esos males no se curan con un aumento de
prosperidad material. A menudo este beneficio entraña la causa de
mayores desgracias morales.
La raíz de los más graves problemas se halla en lo que la Biblia
denomina «pecado», en el alejamiento de Dios y la transgresión de sus
leyes. El pecado es característico en todos los seres humanos sin
excepción. «Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria
de Dios» (Ro. 3:23).
Esta destitución y exclusión de la gloria de Dios no sólo es temporal,
sino eterna, con todas las trágicas consecuencias que ello implica: «E
irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna» (Mt. 25:46).
La más urgente necesidad es, pues, resolver el problema del pecado. Los
hombres no pueden solucionarlo. Ni pueden ni quieren. «Por cuanto la
mente carnal es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de
Dios, ni tampoco puede» (Ro. 8:7).
Pero Dios sí puede, y quiere. «Porque de tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado su Hijo para que el mundo sea salvo por él» (Jn. 3:17). «Envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados» (1 Jn. 4:10).
Aunque el hombre se esforzase en hacer buenas obras para satisfacer a
Dios, todos sus esfuerzos serían vanos, «ya que -como escribe Pablo-
por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de
él» (Ro. 3:20).
Sin embargo, Dios mismo, por medio de Cristo, ha obrado todo lo
necesario para nuestra salvación. «Ahora, aparte de la ley, se ha
manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los
profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para
todos los que creen en él». «Siendo justificados gratuitamente por su
gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso
como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su
justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los
pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia,
a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de
Jesús» (Ro. 3:21, Ro. 3:22 y Ro. 3:24-26).
Queda, pues, claro que el único modo de resolver el problema del pecado
es nuestra justificación delante de Dios por los méritos de la muerte
expiatoria de Cristo que el hombre pecador se apropia por medio de la
fe. Del verdadero significado de la fe nos ocuparemos en breve para
concluir. Pero antes quisiéramos destacar algunos hechos muy
importantes incluidos en la obra redentora de Dios a favor del hombre
que cree en Cristo.
Dios no se limita a formular una declaración jurídica de perdón o
justificación, sino que, por su Espíritu, regenera y transforma al
creyente. «Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos
hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y
por la renovación en el Espíritu Santo» (Tit. 3:5),
dotándole de una nueva naturaleza y de un poder que le permita vivir
una vida nueva, libre de la esclavitud de sus viejos hábitos
pecaminosos, enriquecida con todo lo que entraña una auténtica
experiencia de vida en Cristo. «Si alguno está en Cristo, nueva
criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas»
(2 Co. 5:17).
El cristiano tiene sus problemas, sus tentaciones, sus luchas; pero
disfruta de nuevos goces. Su vida adquiere nuevas dimensiones y se
proyecta hacia horizontes sublimes, eternos. En Cristo ha encontrado la
plenitud de la vida, la más noble dignificación de su personalidad y lo
más deseable en cuanto a su destino.
Tal experiencia se manifiesta en diferentes sentidos. En sentido
vertical, a través de una gozosa comunión con Dios; en sentido de
profundidad, llevando a lo más hondo de nuestro ser la influencia
vivificadora de Cristo; en sentido horizontal, haciendo más útil
nuestra relación con nuestros semejantes y realmente fructífera nuestra
influencia en la sociedad, como «luz del mundo y sal de la tierra» (Mt. 5:14).
Quienes conocen la historia de los movimientos más sanos de reforma
social que ha habido en el mundo saben que a la vanguardia de ellos
hubo generalmente cristianos fervorosos.
¿Qué es creer?
Es posible, estimado lector, que ante la tremenda
alternativa de «creer o no creer» empieces a sentirte movido hacia la
fe. Pero tal vez no acabas de tener una idea clara de lo que este
término significa. San Pablo declaró que «la fe viene por el oír y el
oír de la Palabra de Dios» (Ro. 10:17).
Así nuestro primer consejo sería -como hemos indicado anteriormente-
que leas y medites la Biblia, empezando por el Nuevo Testamento. En sus
páginas aprenderás que la fe, además de asentimiento intelectual a lo
que en ella se enseña, es, sobre todo, confianza; confianza en que Dios
te ama, en que Cristo murió por tus pecados, en que si acudes a él te
recibirá, te perdonará, y te dará la nueva vida antes descrita (Jn. 5:24).
La fe es, también, entrega. Entrega a Dios para servirle con amor. La
fe es decisión. La fe, en conclusión, es caer postrado ante Cristo,
como lo hizo el escéptico Tomás después de la resurrección de Jesús, y
exclamar: «¡Señor mío y Dios mío!».
¿Crees tú? De la respuesta a esta pregunta depende el curso de tu vida en la tierra y tu destino eterno.
José M. Martínez
